Introducción del libro “Aprendiendo a Ser” (para conseguirlo hacer click acá)

[C. Frias, Chaco, Argentina, 2015]

Camino al Totoral - Comandancia Frias, El Impenetrable, Chaco (Argentina)

Abro los ojos. Estoy sentada en el suelo del acoplado de un camión lleno de gente, rumbo al Impenetrable Chaqueño. Prácticamente no tengo la menor idea de qué es lo que estoy haciendo aquí. Los colores del cielo me hipnotizan, hace días comencé a notar que el sol del atardecer en esta provincia es algo único, se lo ve grande y muy redondo, su color naranja, remarcando la figura de los árboles a contraluz, hace que en mi imaginación me sienta en el medio de una selva africana. Desde el piso, donde me encontraba sentada, no puede verse el paisaje, ya que las paredes del  acoplado impiden la visual, así que viajo parada. A mi lado, un niño Wichí (raza autóctona de los aborígenes de esta región), viaja también de pie mirando hacia afuera. El viento sopla fuerte mis pelos, y mientras humaradas de polvo cubren todo mi ser, cierro los ojos y esbozo una sonrisa.

Por momentos no logro decidir si me gusta más mirar el paisaje de afuera, o el de dentro del camión. La silueta de los tres hombres parados en el fondo del acoplado casi abrazados unos a otros, se prestan para un perfecto contraluz, y detrás ese color naranja, que me inquieta el corazón.

Una señora me sonríe, y deja entrever los pocos dientes que aun le quedan, ella también es Wichí, como la mayoría de gente en este acoplado. Su rostro me resulta familiar, como si ya la conociera de antes. Sus ojos son tan brillosos, que pareciera que está a punto de largarse a llorar, pero no, ella sonríe feliz mirándome, y aunque yo le devuelvo la sonrisa, me doy cuenta que la que tiene ganas de llorar soy yo: “¿Por qué otra vez estoy viajando sola?”, me pregunto.

El estómago se me contrae y quiebro en lágrimas por dentro. “¿Por qué otra vez estoy viajando sola, si hace unas semanas desde Buenos Aires salí con un compañero?” Yo lo sé, pero no lo quiero terminar de admitir. El viaje no estaba resultando como lo pensamos. Nuestra idea era simple: conocer y compartir, aprender-enseñar. Yo no estaba dejando todo de mí, estaba bloqueada, no podía brindarme a la gente que conocíamos en el camino, no podía ofrecer mi arte. “¡Yo quiero escribir un libro!”, había casi gritado entre enojos, un rato antes de que nos separáramos. “¡Entonces hacélo!” fue su respuesta, también entre gritos. “¡Lo que pasa es que vos no ponés voluntad, lo único que ponés son excusas!”, me decía, enojado, una vez más. ¿Y cómo no iba a saber él sobre tener voluntad?, cómo no iba a saberlo, si cuando tenía dos años había sufrido quemaduras en todo su cuerpo, que hasta le habían hecho perder la mano derecha. Pero ni siquiera los prejuicios y las miradas de desaprobación le habían impedido realizar todo aquello que se creería que una persona sin una mano no podría hacer: artesanías con alambre, tocar la guitarra, el tambor, la trompeta, trepar árboles, hacer malabares, entre muchas otras cosas. Hacía varias semanas que cada vez que él se ponía a hacer algo yo me anulaba, la gente se le acercaba, los chicos corrían a su alrededor, y nunca faltaba alguien que aprendiera la lección: “¡Wow, yo hubiera creído que sin una mano no se podían hacer esas cosas, cuanta fuerza de voluntad tiene!”, decían. Y es que él es el fiel reflejo de que todo se puede, la enseñanza de que lo único que se necesita para hacer algo es voluntad. Y yo allí, sintiendo que no tenía nada para brindar.

Me resulta irónico estar yendo al “Impenetrable” y que sea tan fácil llegar, que solo bastara con subirme a un camión que dispone la municipalidad, sin cargo alguno, para todo el que quiera ir. Claro, son seis horas a la intemperie, aguantando el viento, y esos caminos, cuya tierra por momentos se me cuela en la boca y me hace toser. “Estoy penetrando el Impenetrable”, pienso en esa paradoja que, otra vez, me recuerda que no hay imposibles.

Hace unos años me encontraba en Buenos Aires, trabajando en la oficina de una productora de televisión. Por ese entonces sentía que el mundo sucedía afuera, y no me aguantaba sentada en la silla frente al monitor. Solía pararme constantemente y caminar dentro de la oficina, como si estuviera presa en una celda. Y es que lo estaba, yo no me sentía libre. Casi todos los días lloraba, y me quejaba por mi situación, pero no me atrevía a cambiarla. Ahora sé que en ese momento en verdad no era libre, es decir que tenía una libertad potencial, pero que no la estaba ejerciendo, ya que me quejaba de mi situación, pero siempre ponía excusas, siempre aparecían miedos, que hacían que no me atreviera a dejar lo seguro por lo incierto, que no me atreviera a tomar las riendas de mi propia vida. Hoy, hace tres años ya, que dejé esa oficina. Hace tres años que salté al vacío. Hace tres años que comencé a aprender que no hay imposibles (aunque a veces uno tropiece, ya que nuevos desafíos aparecen en el camino). Hace tres años que dejé la comodidad y el confort físico, en busca de un confort espiritual y psíquico, y paradójicamente, cada día mi físico se siente mejor, más fuerte, más joven, con más vigor. Hace tres años me declaré aprendiz de la vida. Hace tres años entré por primera vez a esta realidad paralela, que aparece cuando uno comienza a viajar, en dónde la magia es real, donde un desconocido es un hermano, donde los actos y las buenas experiencias son muchas más que las malas. Hace tres años comencé a vivir, a percibir, a experimentar cosas que a veces parecieran imposibles de poder ser transmitidas a alguien que no las vivenció. ¿Cómo hacer para que las palabras guarden la esencia de lo vivido? ¿Cómo hacer? si cada experiencia es única, y a veces es necesario experimentarlas para comprenderlas realmente…

En ese camión del Chaco, observando los colores de un atardecer inolvidable, mientras “penetraba el Impenetrable” me propuse dejar las excusas, y comenzar a saltar un nuevo obstáculo. Un nuevo desafío aparecía en mi vida, que hacía tiempo estaba postergando, con excusas y miedos. En ese camión del Chaco me propuse con firmeza escribir este humilde libro, e intentar transmitir un poco de mi camino.

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1-Impenetrable Chaqueño: El Impenetrable es una gran región de bosque nativo, al noroeste de la provincia del Chaco, en Argentina. Comprende también una porción en la provincia de Formosa, Salta y Santiago del Estero. El nombre “Impenetrable” fue dado por lo agreste y tupida de la vegetación, muy difícil de transitar. La población del lugar se compone de comunidades aborígenes (Wichís y Tobas), campesinos y pequeños productores rurales.
“Introducción” o “decidirse a escribir un libro”
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