Me levanté de noche, y fui hasta el baño que quedaba en la terraza del hostel. A lo lejos me pareció ver gente durmiendo, ahí directamente en el techo. Al salir, efectivamente corroboré que allí estaban. Tenía la certeza que eran los chicos que durante el día atendían el restaurante, que también se ubicaba en esa terraza. El hostel estaba prácticamente vacío, “¿por qué no los dejan dormir en una de las habitaciones libres?”, pensé indignada. “…encima que hacen trabajar a los niños, ni siquiera les dan las condiciones mínimas para dormir…”, seguí quejándome para mis adentros.

Había pasado ya más de un mes de aquel episodio en la terraza, cuando un amigo me ofreció ir a visitar el pueblo donde él había nacido. Conocer una aldea musulmana, en el medio del desierto, a la que no van los turistas, realmente era uno de esos sueños que parecían imposibles de cumplirse…pero sucedió.

Y allí me encontraba yo, con una extraña mezcla de sentimientos, aquella primera noche en Chhtrell, Jaisalmer, cerca de la frontera con Pakistán, cuando la familia de mi amigo me invitó a quedarme unos días en su casa. Me preguntaron dónde prefería dormir: si en una habitación o en el techo. Sorprendida, les consulté cuál era la mejor opción según ellos. Sin dudarlo me respondieron que en el techo, “allí se pueden ver las estrellas”, agregaron.

Acepté la recomendación. Efectivamente, acostarse bajo el cielo de aquel desierto era la mejor opción. Ya había experimentado antes, dormir bajo las estrellas, pero siempre había sido en la naturaleza. Creo que lo que nunca se me había ocurrido, era que se podía dormir, como una costumbre diaria, en pueblos o ciudades, arriba de los techos de cemento.

Desde aquella terraza, cada día, antes de entrar en el mundo de los sueños, contaba hasta diez estrellas fugaces. Temprano, cuando aun no había amanecido, se escuchaba el rezo musulmán, que provenía desde los parlantes del templo. Un escalofrío recorría mi cuerpo cada vez que despertaba en mitad de la noche, oyendo resonar por todos lados, ese canto. Aquellas palabras desconocidas, extrañas, misteriosas,  retumbaban también en mis entrañas, y me recordaban lo lejos que estaba de casa.

Al despertar, temprano, cuando el sol ofrecía sus primeros rayos. Comenzaba a ver a la gente que se levantaba, también de los techos de las casas vecinas. Los niños dormían afuera, en el patio. Y cada mañana uno de ellos me miraba desde abajo, con pelotita en mano, esperando que yo me despertara, para jugar con él.

Todos los día, los colchohes (que podían doblarse fácilmente) eran guardados hasta que volviera el anochecer.

Así, como esto, todas y cada una de las costumbres, prejuicios y estructuras de mi mente occidental, fueron desapareciendo. A lo largo de cuatro meses viajando por India, cada día me vaciaba más.

Vaciarme. Limpiar la mente, despojarla de toda estructura. Deshabitarme.

[“Vaciarme”-Rajasthan, India 2014]

 

Chhtrell, Jaisalmer.


 

Vaciarme
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