Nadar en el mar, nadar de noche, limpiar la cabeza de pensamientos, permitir que las olas se los lleven. Nadar mucho, lentamente, aceptar y dejarse llevar… Abandonarse a esa especie de vértigo que invita a hundirse en las profundidades.

Tenía los ojos cerrados, pero las imágenes eran claras, con cada brazada las obsesiones salían de mi cabeza y se transportaban por el agua, se iban mar adentro y yo me liberaba de ellas. Me liberaba de mi soledad y de mis ataduras. Aun no sabía de Iamanjá, la Madre del Agua, pero aunque yo no sabía, ella ya me conocía, desde hacía mucho tiempo. Y ahora, llevaba y traía de mi mente imágenes, palabras, sentimientos…

 …………..

Cuando llegamos arriba, luego de más de dos horas de caminata, comenzó a llover. No había lugar para refugiarse, y nos quedamos allí durante la casi media hora que duró el chaparrón. Yo extendí mis brazos, y con los ojos cerrados dirigí mi cabeza al cielo. Acepté aquella agua, que limpiaba, y a la vez golpeaba. Necesaria, imprescindible. Acepté mis impurezas, mis imperfecciones, mis miedos, mis inseguridades, mi soledad, todas ellas estaban en cada gota que caía, lloré un rato por las tristezas, y me reí otro poco de las alegrías.

[Ilha Grande, Brasil-2015]

Diarios de agua
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