Subí a los tumbos, me había costado encontrar el tren correcto, y llegué corriendo sobre la hora de partida. No hice más que poner un pie en el vagón, que ya tenía la mirada y la atención de todas puesta sobre mí. La verdad, esto no me sorprendía, desde hacía tres meses y medio que lidiaba con esta extraña sensación de ser el centro de atención en todos lados. En general viajaba sola, así que solía ser la única “mujer blanca y rubia” del lugar, lo cual en India, pareciera ser que produce la misma sensación que generaría ver un extraterrestre caminando por la calle.

Esta era la primera vez que subía al vagón de mujeres, en clase general.  El lugar estaba arrebatado de mujeres y niños, me dieron la bienvenida con gestos. Una de ellas comenzó a intentar abrirme paso y a guiarme. Todas me dejaban pasar con una sonrisa. No sabía a donde quería llevarme esta mujer, todo el vagón estaba lleno, y no tenía demasiado sentido para mí pararme en uno u otro lugar, sin embargo yo simplemente me dejaba llevar. Es que en India es así, están acostumbrados a decirle a uno qué hacer, más bien están acostumbrados a decirse entre ellos qué hacer y qué no. Deciden tanto por la vida de sus hijos, aunque estos ya sean adultos, como por la de un extraño. También estaba acostumbrada esto, de alguna forma me sentía cuidada, aunque admito que conviviendo con ellos, en algún momento hasta había llegado a abrumarme. Obviamente, ella intentaba encontrar el mejor lugar para mí, ya que teníamos toda la noche de viaje por delante, y cual a un invitado, me guió hasta un lugar privilegiado: el piso del tren. Sí, sí, pero no era cualquier lugar en el piso, una puede tener la mala suerte que el único lugar que le quede libre para pasar la noche sea frente a la puerta del baño, con lo cual, además de los olores desagradables, también hay que aguantar tener que levantarse siempre que alguien quiere usarlo. O tal vez tenga un poquito más de suerte, y le toque un lugar en el pasillo, evitando la parte de los malos olores, pero no la de tener que levantarse cuando alguien quiere pasar, o la de tener que soportar que le pasen caminando por encima. Así que mi lugar en verdad era privilegiado: entremedio de dos asientos enfrentados, con lo cual nadie iba a molestarme durante la noche, e iba a poder dormir tranquila…Claro que yo solamente entraba en ese espacio hecha una bolita, pero la verdad me sentí contenta de tener un lugar donde apoyarme y no tener que ir todo el viaje parada.

Las mayoría de mujeres en India no habla inglés, mejor dicho, las mujeres de clases más bajas, o que viven en aldeas (y yo estimo que son la mayoría), incluso muchas de ellas no tienen ni si quiera acceso a la educación. Y obviamente, en este vagón, en clase general, ninguna de ellas hablaba inglés (tampoco es que yo crea que ellas tengan que hacerlo). Antes de viajar por este país solía intrigarme qué sentían o pensaban las mujeres acá. El hecho de que vayan cubiertas, incluso, muchas de ellas de religión musulmana, con la cara tapada, hacía que a mí misma me resultaran muy misteriosas. Desde el primer día había percibido el privilegio de estar viajando por estas tierras siendo mujer, ya que si no había hombres presentes, o si estos eran de la familia, ellas se descubrían la cara,  y yo sentía una especie de complicidad en esos momentos. Podía verle los rostros, podía sentarme junto a ellas y darles la mano, podía intentar comunicarme (a pesar de la diferencia idiomática), cosas que los hombres no tenían permitido a hacer. Muchos extranjeros viajando por aquí me han contado que ellos se sentían mal, porque a veces las mujeres se quedaban paradas con tal de no sentarse a su lado, o que no les respondían si ellos intentaban hablarle. Ésto no se debe a que sean irrespetuosas, sino que en su cultura, los hombres y las mujeres no se tocan, y tampoco hablan con personas del otro sexo que no sean de su familia. Obviamente, como en todos lados, esto es sólo una generalidad, hay excepciones, y con el contacto cada vez más cercano entre oriente y occidente las cosas van cambiando, pero hoy día incluso se encuentra mucho, y principalmente es a esas mujeres, que viven en aldeas o de maneras más tradicionales, quienes a mí me llamaba más la atención conocer. Así, que por ser mujer, en estos meses viajando, había tenido la posibilidad de contactarme con ellas y de meterme en muchos lugares, dónde los hombres no pueden ingresar, lo cual realmente me fascinaba. Pero siempre había tenido este obstáculo de no tener un idioma en común. Aunque mi sentido de comunicación gestual, estaba sumamente agudizado por aquellos días, y había incluso llegado a aprender palabras claves del hindi, esto no era suficiente para poder ingresar en la mente y los sentimientos de aquellas mujeres que tanto me intrigaban. Sin embargo, esto no impedía que ellas intentaran comunicarse, a toda costa, conmigo, y yo también con ellas. Algunas, no podían evitar decirme toda la frase en su lengua, y reírse ni bien se daban cuenta, o más bien recordaban, que yo no las entendía, pero insistentemente me repetían las palabras, como si por repetición yo pudiera comprenderlas. Yo me reía, e intentaba repetir: “me hindi nei bulta” (“no hablo hindi”). Pude observar que las mujeres más grandes eran las que tendían a hacer esto de seguir repitiéndome las frases en su lengua, y reírse frustradamente cuando se daban cuenta que era inútil, porque yo no entendía nada. Las más jóvenes probaban con los gestos y señales, y cada tanto agregaba alguna palabra en inglés.

Así me encontraba yo, en el lugar del piso asignado, hecho una bolita, teniendo la atención de prácticamente todas las mujeres del vagón puesta sobre mí, e intentando una comunicación. ¿De dónde era?, si tenía marido e hijos, ¿a dónde iba?, si estaba sola, ¿qué estaba haciendo allí? Cuando alguna lograba entender mis respuestas, se la comunicaba al resto, en su idioma. Yo también intentaba con gestos preguntarles, y cuando podía decir alguna palabra en hindi, todas se sorprendían y asentían con gusto.

El tren frenó en alguna estación, entre la gente que subió, una mujer con su hija me llamaron la atención. Ambas vestidas completamente de negro, la madre con el pelo y la cara tapada, y la niña con un pañuelo en la cabeza. Al subir, a la pequeña le tocó el lugar del piso junto al mío. La madre se sentó cerca, se descubrió la cara y a la hija le sacó el pañuelo de la cabeza. Las mujeres de India no sólo me intrigan, sino que también me encantan. Son tan femeninas, delicadas, suaves, que me producen admiración. “El sagrado arte del adorno personal”, expresado en los detalles de su vestimenta, en esos aros en la nariz, en las tobilleras que hacen un leve sonido al caminar, en los colores…en las mezclas de colores dónde todo está permitido y queda bien, en los anillos sobre esas manos o pies dibujados con henna. Esos pañuelos con los que juegan constantemente, hacen que tengan gestos muy diferentes a los de las mujeres que yo conozco. Sus movimiento se repiten, incluso en mujeres de partes muy alejadas, entre sí, del país, se cubren y descubren el cabello, deslizan su pañuelo más atrás, y luego más adelante, y así constantemente. Su elasticidad y forma de sentarse, es algo que también atraía mi atención. Dejan las sandalias debajo de los asientos, suben sus piernas para sentarse “como indios” (valga la redundancia), y varían de esta posición a otra: en la que una de las piernas apoya el pie sobre el asiento. Todos estos movimientos se repetían (la forma de sentarse, incluso también en los hombres), alrededor de todo el país. Gestos que seguramente ellos están acostumbrados a hacer y no perciben que son sumamente diferentes y particulares, en relación a los de otras partes del mundo. Gestos que hoy día a mí me producen nostalgia, porque eran ellos principalmente los que hacían darme cuenta de lo lejos que me encontraba de mi cultura, de mi país. Al principio estos gestos me llamaban la atención, me eran extraños, pero con el paso del tiempo hasta había llegado a adquirir alguno de ellos. Ya se me habían vuelto comunes, pero cada vez que quería recordar dónde me encontraba, eran ellos los que me hacían volver a sentir esa bella sensación de estar viajando lejos…muy lejos. Pude percibir también que las voces de las mujeres son más agudas, y transmiten una indescriptible dulzura. Obviamente que todo esto también tiene su lado más desagradable. Los indios son bastante ruidosos y chillones en general, pero en este momento en particular no era el caso.

Esa niña de bellos ojos se sentó a mi lado, así como la madre la dejó, ella se quedó, a pesar de que su cabeza quedaba torcida hacia un costado, por no caber debajo del asiento. Intenté correrme para dejarle espacio, pero ella no me entendía, tampoco había demasiado lugar, ni posibilidad de moverme. Estuve un buen rato intentando que pudiera sentarse más cómoda, quería darle mi lugar, pero no conseguía moverme entre la maraña de gente. No sé cuánto tiempo pasó, y a pesar de que le había hecho espacio para que moviera su cabeza ella seguía igual, aceptando inevitablemente el lugar que le había asignado su madre, a pesar de que su cuello seguía torcido. Así como se sentó se quedó durante largo rato, y así también se durmió. Mientras, seguían las conversaciones, algunas ya habían dejado de prestarme atención y hablaban entre ellas. Dos desconocidas (creo yo, porque se subieron en diferentes estaciones), charlaban sin parar, una de ellas comenzó a lagrimar…¿qué será lo que hablaban aquellas mujeres? ¿qué secretos se contarían? ¿qué penas estarían compartiendo? Aquel vagón, en donde solo las mujeres pueden entrar, se me hacía el mejor lugar para guardar secretos, secretos de aquellos que los hombres no pueden escuchar. Imagino que esas penas de mujeres eran compartidas en muchas de esas charlas, penas causadas por los hombres, por las injusticias, dolores del alma de aquellas a quienes no se las deja ser libres…en fin, dolores de mujeres de esta sociedad machista (aunque hablando de sociedades machistas no quiero decir que India sea más machista que las de occidente, incluso encuentro a éstas segundas, en muchos aspectos, más machistas que la de India). Aun así, las mujeres de India, son particulares, y, estoy segura, que sus secretos se develaban en esos vagones de tren. 

Una adolescente sentada a unos 2 metros míos, me muestra una cruz que lleva colgada en el cuello,  me sonríe con complicidad y me hace un gesto de pregunta, yo le sonrío y asiento con la cabeza, ella, una vez más me devuelve la sonrisa. Comprendo lo que quiere decirme al realizar ese gesto: “nosotras somos iguales, creemos en el mismo Dios”. Una de las primeras preguntas que siempre me hacían era por mi religión, pero más que consultarme cuál era, directamente preguntaban si yo era católica, a veces simplemente respondía que sí, ya que mi formación y mi familia lo son, y para ellos eso es lo que “vale”, otras intentaba dar una explicación más larga al respecto. Algo que me había llamado la atención, es que cuando me cruzaba a un católico, solía mostrarme alguna estampita o algún símbolo cristiano y de alguna u otra forma me transmitía la siguiente sensación: “yo soy como vos, mirá este es mi Dios, al igual que el tuyo”, incluso llegaron a decírmelo textualmente. Así que por eso, no me costó entender a esa chica a pesar de que nos comunicamos a la distancia.

Una mujer se puso a cantar una canción, más bien comenzó a cantar para mí. El arte es mágico, todo el tren estaba en silencio, y ella cantaba, allí sentada en el suelo…Había pañuelos colgando desde un portaequipaje al de enfrente, formando pequeñas hamacas donde acomodaban a los bebés. Hasta esos niños meciéndose callaron sus llantos en ese momento. Sólo se escuchaba su voz, el sonido del tren y el de los ventiladores de fondo, que generaban una base rítmica a esa dulce melodía. No había necesitado una gran suma de dinero para asistir a uno de los más bellos espectáculos de arte de la India, ni tenía una butaca acolchonada y confortable frente a ningún escenario, no sabía el nombre de la artista, ni de qué hablaba la canción…Pero el arte no se trata de todas esas extravagancias, sino de instantes mágicos, en donde la belleza y la simpleza de la vida se hacen presentes. Y allí me encontraba yo, en ese tren de “clase general”, sintiéndome sumamente privilegiada, por poder ver esos bellos rostros que se ocultan la mayoría del tiempo, teniendo esas miradas frente a mí, sintiendo a esas mujeres a mi lado, y escuchando de su boca una bella melodía. Luego de que culminó, comenzaron a hacerme señas para que yo cantara, superando mi vergüenza, empecé a cantar un tango “Nostalgias”…No sé por qué me vino ese a la cabeza, supongo que en el vagón había muchas nostalgias que en ese momento estaban siendo limpiadas, olvidadas, compartidas por todas nosotras…

Llegó la hora de dormir, y cada una comenzó a acomodarse en su rinconcito. Había mujeres acostadas en el portaequipaje, pero tuvieron que ceder lugar, a aquellas que aún estaban paradas, las que nos encontrábamos en el suelo tuvimos que ocupar, obligatoriamente, todos los espacios libres, incluso los que estaban debajo de los asientos. De hecho, me insistieron bastante, porque no comprendían porqué yo prefería seguir hecha una bolita, en vez de estirarme y poner los pies y la cara debajo de los asientos…Hasta que no lograron que yo me acomodara así, no pararon. Cada lugar libre del piso era ocupado, por un codo, por un niño, por un pie, todo debía quedar tapado. Las conversaciones iban cediendo lugar al silencio. Alguna que otra seguía charlando en la lejanía, y en susurro, en su idioma, con sus sonidos. Hacía calor, mucho calor, pero eso no impedía que estuviéramos todas juntas allí, durmiendo en el piso de ese tren. Durante la noche, algunas se turnaban, ya que habían tenido que quedarse sentadas, entonces por momentos otras les cedían sus espacios para que ellas pudieran también acostarse. La mujer que estaba sentada en el asiento, arriba de donde yo tenía la cabeza quería cambiarme el lugar, al principio, creí que porque era amable, y quería cederme el asiento, así que rotundamente le decía que no. Pero al volver del baño, en el medio de la noche, la encontré ocupando mi lugar en el piso, y comprendí que no era que quería cederme el asiento, sino que ella quería también dormir en el piso.

Llegué a Aurangabad a las 5 de la madrugada, luego de unas 9 horas de viaje. Era de noche aun, así que decidí quedarme en la estación de trenes, en la sala de mujeres, también, durmiendo en el piso, esperando que amaneciera…

Un vagón de mujeres
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