Eran las dos de la mañana (o más bien calculaba que deberían serlo, porque no tenía reloj). Nos encontrábamos en una improvisada caminata por la montaña. Eramos unas 10 personas, no lo sé, en verdad la mayoría acaba de llegar, al resto los había conocido el día anterior. No tenía linterna, e intentaba no separarme de la persona que iba delante mío, no sabía quien era, ni siquiera si era hombre o mujer, pero su luz me permitía ver algo del sendero. Temía resbalar y caerme, sin embargo más que miedo, sentí paz. Hacía unos días había vuelto a cargar la mochila, después de bastante tiempo. Todo se sentía natural, parecía como si hubiera sido ayer que la había dejado guardada en mi armario. Pesaba menos que la vez anterior, y se sentía como una extensión de mi propio cuerpo. Sabía que esta vez, era por poco tiempo que la iba a llevar, sin embargo, parecía como si nunca hubiera regresado: llegar de noche a un pueblo, buscar un lugar donde armar la carpa, compatibilizar con los demás ni bien nos conocemos…todo volvía a suceder, esa realidad paralela seguía ahí, intacta…El camino comenzaba a gritarme de nuevo, este último tiempo había estado callado, o hablándome bajo, dándome pequeñas señales, que me eran difícil de dilucidar; pero al salir a la ruta volvía a gritarme, el mensaje se presentaba en forma clara, tan transparente que parecía imposible titubear…Seguimos subiendo la montaña, no era largo el camino, según me habían dicho, pero rápidamente comencé a sentir la agitación en mi cuerpo. Córdoba ha sido un lugar donde hace años aprendí lo que era la bondad y la simpleza. El sonido del agua cayendo, la frescura de encontrar un río, donde poder refrescarse, en el medio de una acalorada caminata bajo el sol. Mi primera vez en Córdoba había aprendido a hacer dedo sin siquiera levantar el pulgar…bueno, o más bien aprendí que la gente está ahí para darte una mano, para acercarte unos kilómetros, para ayudarte a encontrar un lugar donde dormir, aunque uno ni siquiera se atreva a pedir ayuda. Esta vez, todo era diferente, esas cosas ya las sabía (aunque siempre la inseguridad y la duda me persigan). No tardamos mucho en llegar a la cima, donde hay una cruz. Todos querían ver ovnis, yo quería ver las estrellas. No recuerdo cuando empezó mi obsesión por las estrellas, supongo que ha de ser que la ciudad me imposibilita verlas en su esplendor, y yo siento que es esencial poder observarlas de vez en cuando. Hace un tiempo leí un libro (“El curioso incidente del perro a medianoche”), en el cual, su protagonista (un chico que sufre un tipo de autismo llamado síndrome de Asperger) cada vez que se siente triste o enojado por algo sale al jardín de su casa a ver el cielo estrellado para “hacerse insignificante” ante el universo, y entender así que aquello que lo enojaba o lo ponía mal, en verdad no era tan grave. Desde que leí ese libro, que pienso en que tal vez si las personas que viven en la ciudad pudieran ver y sentir más seguido lo insignificante que somos ante el universo no se harían tanto problema por ciertas cosas, ni se creerían tan “superiores”. Pero las luces de las ciudades no nos dejan ver las estrellas, la mayoría de veces, si miramos para arriba vemos edificios, y pareciera ser que eso hace olvidar al hombre el poder de la naturaleza, le hace creer que todo está bajo su control, el ser humano no logra ver lo ínfimo que en verdad es, y se siente todo poderoso. Pero esa noche yo no buscaba hacerme insignificante, no había problemas que desestimar, de hecho no buscaba nada más que el simple hecho de poder ver las estrellas, por eso salí a acampar unos días. Una vez arriba cada uno buscó un lugar y se acomodó, yo me metí dentro de la bolsa de dormir. Solo me quedaba la cara libre, ya que la bolsa tenía una especie de capucha que me tapaba también la cabeza. Miré el cielo. La vista tardaba en acostumbrarse a la oscuridad. De a poco todo se comenzó a silenciar. No parecía que hubieran otras 10 personas a mi alrededor. Eramos ellas, brillando allá arriba,  y yo, nada más. De a poco comenzó a sonar el cuenco. Su música era completamente relajante. Un sonido extenso que parecía no terminar jamás, e incluso cuando uno creía que ya había dejado de sonar, aun podía levemente escucharlo vibrar, y cada tanto una campanada. Nunca antes había escuchado un  sonido de esas características, los armónicos se expandían por todo el ambiente, envolviéndome. Entré en un estado de meditación. Cerré los ojos un rato. Sentí la quietud del lugar. Dejé mi mente en blanco, intenté percibir el viento que se filtraba por mi cuello, que rozaba mi rostro. El sonido lo abarcaba todo. No sé cuento tiempo transcurrió. Abrí los ojos, y ellas seguían allí. Vi una estrella fugaz, otra y otra más, sonreí, no tuve deseos que pedir, solo agradecí por el momento. Logré ver en el cielo esa especie de bruma blanca que hay alrededor de varias estrellas juntas, deseé saber como se llama, o qué era, pero no lo sabía, así que tuve que conformarme con admirarlo. Sabía que de alguna manera estos días iban a tener un sabor especial para mi. Antes de salir no tenía la menor idea de porqué, pero ahora creía saberlo. El destino había hecho que el tren en el que viajábamos tardara 7 horas más en llegar a destino (Córdoba capital), y que por ser de noche decidiéramos tomarnos un micro a algún pueblo. La idea era ir a San Marcos Sierra, pero no había colectivos que nos llevaran en ese horario, con lo cual terminamos yendo a Capilla del Monte. Allí, caminando por los ríos habíamos encontrado, de casualidad, a un amigo de Ezequiel, a quién no veía desde hace 12 años. Eran vecinos, pero Augusto había decidido vender todo y hacerse nómada. Vendió su casa y con la plata se compró una camioneta, con la que recorrió Sudamérica, luego había también vendido su camioneta y utilizado ese dinero para viajar por la India. Me parecía asombroso pensar en cómo lo material se había ido esfumando de su vida, para pasar a convertirse en vivencias. Cuando nombró la India, Ezequiel y yo no pudimos más que mirarnos y reírnos. Ahí estaba el camino, la vida, dándome una señal, guiñándome el ojo, e intentando darme fuerzas para cumplir mis sueños, y proyectos. Son días difíciles, de decisiones, de miedos que superar, llenos de dudas, de idas y venidas, de ganas, de euforia, y de paciencia (o más bien, la paciencia es lo que me falta, y su carencia es lo que me atormenta un poco). Pero allí estaba la señal. No tardé en contarle mis inquietudes a Augusto, y en menos de una hora, ya me había contado de sus 6 meses recorriendo aquel país. Intentó convencerlo a Ezequiel para que también viajara, logré ver en sus ojos algo de entusiasmo, pero no creo que el quiera acompañarme. La conversación me llenó de fuerzas, de esas que reconfortan el alma, y hacen que uno tenga ganas de seguir adelante. Las dudas siguen, son inevitables, la incertidumbre es parte importante en la vida que estoy eligiendo, y tengo que aprender a lidiar con ella…Allá arriba en las montañas los ojos seguían sin alcanzarme para ver la inmensidad, y el corazón tampoco podía guardar todas las sensaciones. Intenté ponerle palabras a mis sentimientos, me hicieron feliz en el momento, y se borraron antes de terminar de escribirse en mi cabeza. El sonido del cuenco cesó, y comenzó el de otro instrumento de viento, una especie de silbato tenue, que me trasladaba al altiplano. Me dormí, o me fui a volar un rato no se…es que estando allí parecía tan cerca del cielo, que hasta salir volando me parecía posible…

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*¿Qué es Veo Veo? Es, ante todo, un juego, una excusa para conocer lugares de la mano de otros viajeros, contarnos historias, viajar aunque no tengamos la oportunidad de hacerlo, encontrarnos. Se realiza una vez al mes y las temáticas se eligen en el grupo Veo veo en Facebook, y por medio del hashtag #VeoVeo en Twitter y otras redes sociales. ¿Querés jugar? ¡Veo veo! ¿Qué ves?

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Veo Veo: Montañas, estrellas y cuencos tibetanos
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