Los días en Iguazú se me mezclan, o más bien se fusionan en un gran sentimiento. Se fusionan las personas, los idiomas, los aromas, las realidades…

Una pareja de brasileros nos lleva de vuelta desde las Cataratas hasta la ciudad. El “cantito” en el idioma portugués y la cercanía con el país vecino hacen que sigan creciendo en mí esas inevitables ganas de cruzar la frontera, pero no es el momento, lo sé. En una feria nos reencontramos con los mendocinos (Mariano, Gabriel y Gonzalo). Nos quedamos compartiendo unas cervezas y unas aceitunas rellenas. Estoy ansiosa, una de mis amigas de toda la vida está en la misma ciudad. Carolina, vino aprovechando el fin de semana largo, como mucha gente que se ve está llegando a Iguazú. Ella y sus amigos se unen a nuestra mesa. Parece una eternidad desde la última vez que la vi (aunque no pasó tanto tiempo), pero claro, es que es “la nueva Amneris” la que se encuentra con su vieja amiga, por eso tal vez el tiempo parece mayor. No me alcanzan las palabras, ni las fotos para intentar explicarle todo lo que viví en este último tiempo. Ella sonríe y escucha mis interminables relatos. Sé que tal vez no me comprenda, ni le interese hacerlo, pero es la primer persona “conocida” que vuelvo a ver y no puedo dejar de escupir y escupir palabras. Sin saberlo Caro termina siendo mi enlace entre dos realidades que son paralelas, aquella en la que estoy sumergida yo, llena de historias de magia y de viajeros, y la otra: aquella en la que a la gente le venden paquetes turísticos e innumerables cantidades de excursiones para ir a las cataratas. Iguazú es escenario de ambas realidades, que conviven, incluso en las mismas calles, prácticamente sin saber una de la otra…

Al día siguiente Mariano y Gabriel se van de la ciudad, decidimos hacer unas pizzas para despedirlos. Al almuerzo se unen varias personas:

Gaetan: un chico suizo que vive dentro del camping casi como si estuviera en un Gran Hermano, ya que prácticamente no sale de allí. Viene de viajar por Bolivia, y está esperando que se haga la fecha para tomarse un avión e ir a la boda de su hermana en Brasil. Habla un poco de castellano, y aunque no siempre entiende la conversación, él responde con una simpática risa. Mientras todos los que andamos por Iguazú, indefectiblemente, vamos a conocer las cataratas, él prácticamente ni tiene intención en saber que existen, así que se la pasa todo el día haciendo sociales y compartiendo cervezas y risas con quien esté en el camping. Más adelante nos enteramos que es en su país es “vaquero” (trabaja con las vacas).

Maxi: un gran artesano, que dejó en casa unos días a su mujer e hijos para venir a vender sus artesanías en macramé, aprovechando el finde largo, y que constantemente habla de cuanto los extraña, a pesar de que se separó de ellos sólo unos días.

Christelle: a quien con los días comenzamos a llamar, cariñosamente, Manjula, ya que a pesar de ser francesa, en sus facciones llevaba, indiscutiblemente, la marca de sus raíces indias. Ella viene de hacer un viaje en bicicleta desde Buenos Aires hasta Ushuaia, en el cual atravesó sola toda la patagonia Argentina, y en el camino aprendió a hablar castellano, con una fluidez tal, que nos sorprende a todos.

Día de despedidas…

Las pizzas pasan entre relato y relato. Nos despedimos de Mariano y Gabriel. El resto vamos a recorrer la ciudad. El hito de las tres fronteras. Unas fotos. Y yo no dejo de admirar la aventura de Christelle, le pregunto de todo, dónde durmió, qué gente conoció, cómo se animó…Ella se ríe de mí porque dice que el  nombre de la ciudad donde yo vivo (Lanús) en francés significa “ano”. Recordaré eso cuando vaya en algún momento de mi vida a Francia. Vamos a la feria donde está Maxi, jugamos un rato a vender con él. Uno cuando viaja sabe que a la gente que conoce tal vez no la vea nunca más, incluso tal vez ni siquiera vuelva a tener contacto, y la mayoría de las veces pude aceptarlas como tal, sin embargo ya siento que me va a costar bastante despegarme de éstas personas y de estos días en Iguazú, porque hay en ellos algo más…un “algo”, una “esencia” que me une, y no sé como llamarla…

Los días siguientes son de charlas, de sombra bajo los árboles, de raparle la cabeza a Ezequiel, de música hindú, de macramé, de feria, de comidas suizas, de gente que no recuerdo el nombre pero si su historia o la receta de cocina que me enseñó. Días en que me pone, de algún modo, feliz que mi lengua materna sea la que nos une, lo que nos permite comunicarnos con gente de todo el mundo. Días en que un café termina siendo un tesoro después de tanto tiempo sin beberlo. De niños que viven viajando. De una nena de unos 4 años que habla en portugués, que no sabe que no la entiendo, tampoco le importa. Solo quiere jugar. Yo le miro sus rulos, son tan libres, toda ella libre, tal vez más que cualquier otro chico…vive de  campamento, no sabe de casas, ni de televisores, ni de diferencias idiomáticas. Hay más familias. Una chica con un bebé en brazos prepara la comida, hierve leche. Hace fuego. La ayudo a cortar unas ramas, me caigo. Nos reímos. Parece que estuviera en su propia cocina, en su propia casa, aunque llegó ayer. Va de acá para allá cual ama de casa que espera a su marido a que vuelva de trabajar, pero todo eso en un camping, bajo el techo de una “cocina” comunitaria.

Cocina a leña

y heladera...!

y freezer…!

Entre verde...

Entre verde…

Mientras, yo voy y vengo entre las dos realidades, que acabo de descubrir conviven en paralelo. Allá afuera escucho de dinero, de trabajos, de rutinas, de gente comiendo en restaurantes, y de cortas vacaciones. Adentro cada historia de vida es más sorprendente que la otra, nadie cuestiona a mujeres que viajan solas haciendo dedo, o a familias que viven en campings, o a aquellos que viaja aprendiendo a construir casas de barro, todo es admirable, y posible, todos los sueños son realizables. Allá afuera es diferente, el mundo está lleno de frustraciones, de excusas de miedos…

Con Ezequiel desarmemos la carpa, porque pensamos debemos partir. Pero no nos vamos, la carpa queda así dentro de su estuche, por un rato no más, porque a la noche siguiente la volvemos a armar. Amo esta libertad que me permite dudar, me permite decidir a cada instante, ir y volver sin más…

Como presentía, nos es difícil despegarnos de ésta hermosa gente, de Christelle, de Maxi…de ésta realidad que nos pertenece más que aquella otra…

Ésta vez los hechos y los sentimientos exceden mis palabras…

Gente bella...

Gente bella…

Rapado de cabeza

Rapado de cabeza

16-Realidades paralelas
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