El incidente que me había hecho golpear la cabeza hizo que nos quedáramos un día más en Ruiz de Montoya, ya que la espalda me dolía y no podía ni cargarme la mochila.

Una vez algo más recuperada salimos a la ruta, un remisero que iba a buscar a su pasajero fue quien frenó y nos llevó hasta la ciudad de Puerto Rico, ya habíamos estado allí unas horas antes de volver sobre nuestros pasos hasta Capioví y Ruiz de Montoya, y como no nos había llamado mucho la atención, decidimos seguir camino, aunque no teníamos un destino claro. Costó, pero finalmente frenó un auto en el que viajaba una pareja. Al ritmo de la música de los Beatles nos contaron que ambos eran de Misiones, pero que él vivía en Buenos Aires por trabajo. Nos llevaron hasta Montecarlo, en el camino paramos en un parque donde se celebra la Fiesta Nacional de la Orquídea, pero como no era época de celebración, estaba bastante vacío; luego los acompañamos hasta su casa a buscar un bolso, y finalmente nos recomendaron ir a la costa del Río Paraná. Hacía bastante tiempo que veníamos recorriendo Misiones por la ruta nacional 12, la cual va bodeando al río, pero hasta ese momento no lo habíamos visto, así que accedimos encantados. Una vez allí nos bajamos del auto, y mientras el hombre se fue a dar una vuelta por el lugar, la mujer se quedó con nosotros, y con algo de tristeza nos contó su pena de no ver seguido a su pareja, ya que por la distancia se encontraban pocas veces al año, la aflicción se le leía en sus ojos…Luego de la charla nos saludamos, y nosotros fuimos a averiguar en el club de pesca si podíamos acampar, ya que era el único lugar que había por ahí, de hecho no se podía llegar al río si no era entrando por el club, por suerte todo el mundo pasaba y salía sin problemas, a pesar de que los carteles decían que solo los socios podían pasar, y como nosotros no lo eramos no nos dejaron acampar, pero por suerte pudimos quedarnos toda la tarde ahí disfrutando del paisaje y del atardecer. Se podía ver la costa de Paraguay e incluso se escuchaban ruidos procedente del vecino país, me parecía increíble pensar que estuviéramos tan cerca pero que a pesar de la cercanía, un límite imaginario nos dividía. De las historias que me contaron, la que más me gustó fue aquella en la que unos muchachos se venían desde el enfrente a jugar al fútbol a Argentina, ya que tenían más cerca este país que cualquier otro pueblo en el suyo propio.

Eso que se ve ahí enfrente ya es Paraguay

Eso que se ve ahí enfrente ya es Paraguay

La noche llegó, y decidimos armar la carpa en una lomada, justo fuera de los límites marcados con alambrado del club de pesca. A pesar de que el suelo estaba en bajada y que había cúmulos de pastos grandes y gordos debajo de la carpa, y por ende de mi espalda, dormí como un angelito.

Cuando me desperté al día siguiente Ezequiel ya no estaba en la carpa, al salir lo vi charlando con unos pescadores. Al rato vino con la noticia de que había una isla llena de monos, en la que se podía acampar, y que había que buscar a un tal “brasilero Antonio” para que nos llevara. La idea de ir a la isla me entusiasmó , pero no teníamos apuro y la vera del río era realmente hermosa así que nos quedamos chapoteando en el agua. Había una pequeña playita que estaba repleta de mariposas, en parte, podías pararte y ellas revoloteaban al rededor tuyo de a montones.

Pescadores

Pescadores

Mariposas

Mariposas

Más mariposas...

Más mariposas…

Al mediodía aparecieron tres chicos, como éramos los únicos que por ese entonces andábamos por ahí, fue inevitable ponerse a hablar. Así conocimos a Mariano, Gabriel y Gonzalo, mendocinos que andaban viajando también por esas rutas. No tardamos en intercambiar anécdotas y en decidir ir juntos a la isla de los monos. Así que fuimos en busca del “brasilero Antonio” y llegamos sin problema gracias a las indicaciones de “seguís el camino de tierra que sale a la derecha, vas a ver una casa de la mano izquierda y más adelante otra de la mano de enfrente, y al final del camino está la casa de Antonio”.

El viejo resultó no tener nada de brasilero más que el apodo, ya que era oriundo de Misiones. El lugar donde vivía me impactó, era realmente un paraíso. Tenía 34 hectáreas de terreno, repleta de plantaciones (de zapallo, mandioca, mandarinas, pomelos, mamón, ananá, etc), hasta tenía abejas especiales que según él hacían la miel más cara del mundo. No tenía energía eléctrica y su casa que estaba en altura daba directamente al río. Tenía un baño seco y la cocina constaba de un techo, fuera de la casa, con un lugar para hacer fuego. El vecino más próximo estaba a unas 3 o 4 cuadras. A pesar del increíble lugar todo estaba bastante descuidado, la casa venida a menos y había basura en los alrededores de la misma; sin embargo no me dejaba de parecer un lugar extraído de un cuento de hadas.

Vista desde la casa de Antonio

Vista desde la casa de Antonio

Hablamos con Antonio y aceptó llevarnos a la Isla Caraguatay, arreglamos con los chicos para encontrarnos en la ruta, ya que ellos tenían que volver al pueblo a buscar sus pertenencias. Nosotros desarmamos la carpa y fuimos al punto de encuentro acordado, pero las horas pasaban, la noche empezó a caer y los chicos no venían. Cuando se puso realmente muy oscuro comenzamos a pensar que ya no iban a venir “¡claro, si acabábamos de conocernos, y tal ve ni ganas de ir tenían, o les surgió algo en el camino y cambiaron de plan, y tampoco tenían forma de avisarnos!”, así que ante el eminente hecho de que no iban a volver, comenzamos a buscar un lugar donde pasar la noche. Encontramos uno no muy lejos y mientras estábamos por empezar a desempacar, escuchamos unas voces. “¿Serán ellos?”, tomé la linterna y volví a la ruta, a lo lejos seguían escuchándose las voces. No veo nada, pero grito “¿son ustedes?” (como si unas personas que acabábamos de conocer pudieran reconocer mi voz, me sentí tonta preguntando de esa manera), pero por suerte, parece ser que me reconocieron, porque la respuesta fue afirmativa. Finalmente decidimos ir a lo del viejo y pedirle de acampar en su parque, e ir a la isla al día siguiente.

Antonio tenía una risa muy particular, la cual asumo podía ser escuchada incluso por sus distantes vecinos. Bajo la luz de la luna cenamos unas frutas. El viejo no dejaba de reírse, ni de fumar, ni de contarnos sobre su vida, ni de hacer chistes que no comprendíamos, pero nos reíamos igual ya que su risa era contagiosa.

A mitad de la noche se largó la tormenta, desde que estamos en Misiones cada dos días llueve (es común, ya que estamos en un clima más tropical, pero justamente este mes es el de más lluvias nos informaron). Al levantarnos, mis esperanzas de ir a la isla comienzan a irse, el cielo está completamente negro, Antonio dice que ya va a pasar, pero yo no le creo. Luego de algunas horas, para mi asombro, el cielo comienza a aclarar, y aun cuando todavía llovizna, Antonio nos hace subir al bote y comienza a remar. A pesar de su edad, y su estado (tose a cada rato, debido a la gran cantidad de cigarrillos que fuma), hace 2 viajes remando él solo. En el primero nos deja del otro extremo de la isla, y mientras nosotros caminamos prácticamente media circunferencia, él se encarga de ir a buscar las mochilas.

La Isla Caraguatay tiene sólo 54 hectáreas

La Isla Caraguatay tiene sólo 54 hectáreas

Antonio se remó todo... Ph: Pelado Montana

Antonio se remó todo…
Ph: Pelado Montana

Llegando a la isla Ph: Pelado Montana

Llegando a la isla
Ph: Pelado Montana

En la isla no hay nadie, un techo preparado por el municipio es nuestro lugar de acampe. Mientras nos ubicamos el sol no deja de mostrar todo su esplendor, a pesar de que cuando nos levantamos parecía que se iba a venir el mundo abajo. Me asombro de como Antonio pudo leer el clima, yo una inexperta en el lenguaje de los cielos, hubiera creído que todo el día iba a llover.

El lugar era realmente encantador, pasamos el día subiendo y bajando, de la playa al campamento, más tarde los mendocinos fueron a recorrer la isla, yo no podía evitar sentirme en la serie “Lost”, y fantasear con que en cualquier momento iba a aparecer el humo negro. Aproveché para bañarme en el río y para nadar un rato ¡como amo nadar! Por la tarde, luego de un almuerzo con mandioca y arroz, mientras estábamos disfrutando de la playa, comenzamos a escuchar ruidos provenientes del lugar donde estaban las carpas. Ya nos habían advertido que los monos suelen “robar” cosas y llevárselas, así que corrimos despavoridos. Por suerte aun no habían llegado al campamento, pero comenzamos a ver como los árboles se zarandeaban, se mecían de un lago para el otro. Una manada de monos (¿o podríamos decir una “monada”?) se acercaba arrojando cosas. Se ve que había llegado llegado al otro lado de la isla la noticia de que había humanos acampando e intrigados quisieron venir a ver. Desde que habíamos pisado el lugar, queríamos recorrerlo en busca de los nombrados monos, pero la tranquilidad de la playa nos había mantenido quietos, así que como no fuimos nosotros, vinieron ellos. Se acercaban de a poco, daban alguna voltereta y se volvían un poco para atrás de nuevo. Viendo que éramos inofensivos se animaban a acercarse cada vez más hasta llegar muy cerca de donde nos encontrábamos. Quería sacarles fotos, hacían unos gestos muy cómicos, pero mi cámara tenía poca batería, y obviamente no había electricidad en la isla, así que me quedé simplemente observándolos, guardando sus gestos en las pupilas de mis ojos; hasta que alguien vino desde abajo haciendo ruidos fuertes y los monos se fueron…

Decidí volver a la playa e intentar meditar un rato, mientras el sol se iba ocultando. Me sentía simple, despojada de cosas materiales, pero llena en mi espíritu, en contacto con la naturaleza, y eso me dio mucha paz…

 

La playa

La playa

La mina se creía que estaba en "Lost"

La mina se creía que estaba en “Lost”

Mono!!!

Mono!!!

Fueguito

Fueguito

Isla Caraguatay

Isla Caraguatay

14-La isla de los monos
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4 thoughts on “14-La isla de los monos

  • December 29, 2013 at 10:39 pm
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    Amneris, cuando te vi por primera vez intuí un alma inquieta, disimulada tal vez por tu rostro de tez blanca y ojos claros. Pero también vi en ellos una firmeza definitiva. Me conmueve mucho tu relato, tus vivencias internas, tu mirada de los acontecimientos.
    Me sorprende tu aventura de vida, tus descubrimientos….. un abrazo.
    Hoy estaba leyendo el lado activo del infinito de Carlos Castaneda. Todo tiene que ver con todo. Gaby Naranjo. La PLata, 30 de diciembre de 2013.

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  • Pingback: Realidades paralelas | Aprendiendo a Ser

  • November 15, 2014 at 10:56 pm
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    Vivo en el pueblo que estuvieron y conozco todos esos lugares descriptos en tu increíble historia, también a Antonio el brasilero y la isla Caraguatay , antes pasavamos nadando hasta la isla ida y vuelta,.y solíamos hacer campamentos con amigos de la escuela.Te quería contar que en el lugar donde acamparon cerca del club de pesca,allí donde dormiste tan mal debajo de esa planta de guayabas, también acampamos en alguna oportunidad.Me alegra mucho que te haya gustado la isla porque allí tengo guardados muchos recuerdos lindos .

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    • November 18, 2014 at 2:04 pm
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      Hola Dany! Gracias por tu comentario! Iban nadando hasta la isla? wow! de saberlo antes lo hubiera intentado! je….Que lindo que escribiste, has revivido en mi el recuerdo de esa hermosa provincia…y que loco que conozcas al brasilero Antonio!!! jeje……

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