De madrugada comenzó a llover, los chicos arman sus carpas rápido. Yo ya había armado la nuestra cuando llegamos al bosque. Sigue lloviendo durante el día. Estamos a unos 6 kms del pueblo. Cada uno se queda dentro de su carpa, hablamos a la distancia. A la tarde todos se van a dar una vuelta bajo la lluvia, a buscar la “casa de un duende”. Yo me quedo. Me duermo escuchando música del celular. Tengo hambre, toda la comida que tenemos es para cocinar, y como llueve no se puede prender fuego. Me sirvo un poco de lo único que tengo a mano: azúcar. Me siento tonta por comer azúcar y abrumada por estar todo el día dentro de la carpa. Me vuelvo a dormir. Me despierta un silbido, el mismo sonido del que me había advertido un día antes el camionero que nos llevó, me había recomendado no responderle diciéndome que hay muchas leyendas ciertas acerca de él. Yo no había comprendido, pero el sonido genera un escalofrío en todo mi cuerpo y por las dudas no respondo. Más tarde deja de llover. Cuando los chicos vuelven decidimos ir al pueblo. El día nos regala un increíble atardecer.  Vamos hacia una escuela abandonada, en una de las aulas en las que aun está el pizzarrón, armamos las carpas. Un hombre (oriundo de Paraguay) viene a decirnos que no podemos quedarnos allí. Sabemos que él está usurpando un aula del colegio, aunque dice ser el encargado de cuidarlo. Vive allí con su mujer y sus hijos. Les pedimos que nos deje una noche nada más. Se niega, dice no entender como podemos salir solamente con una mochila a viajar, que le parece irresponsable. Yo me río para mis adentros (o me entristezco, no se), pensando en que quien nos dice irresponsable vive con con sus hijos usurpando un aula de un viejo colegio. Finalmente acepta que nos quedemos. Al rato nos ofrece unos platos de sopa, mandioca y reviro (mezcla de harina, sal y agua, típica de la zona). La comida está exquisita. Nos dormimos temprano.

El día siguiente está soleado. Conocemos a Ramón, otro hombre que vive en ese colegio. Es del Chaco, y está armando una increíble huerta en el jardín de la escuela. Nos quedamos a almorzar con él. Me da pena ver su falta de ganas, y que su “sueño” sea viajar a Buenos Aires (“la gran ciudad”) para tener un trabajo o “algo mejor”, pero no se da cuenta que vive en el paraíso, y que intenta ir al infierno. A mi me duele el estómago desde hace días, el Gody me hace reiki, y dice que mi cabeza y mi corazón están alborotados, lo sé. Santi decide quedarse en Candelaria. El resto salimos a la ruta. Quedamos en encontrarnos en la plaza del centro del siguiente pueblo: Santa Ana. Nos separamos en 2 grupos: Eze y yo por un lado, el Pana y el Gody por el otro. Hacemos dedo (autostop) sólo por 5 minutos, hasta que un chico que trabaja en una yerbera frena con su auto, y nos lleva directamente a nuestro destino. En Santa Ana la tierra es sorprendentemente más roja. Un chico de unos 9 años, mientras come una mandarina, nos acompaña hasta la plaza. Allí nos sentamos a esperar. La gente del pueblo nos mira, somos extraños en ese lugar, nos sonríen, nos saludan. Pasan varias horas. Dudamos de que los chicos vayan a venir. Finalmente llegan. Preguntamos en la municipalidad y en la policía, nos dicen que acampemos en la plaza. Mientras cocinamos allí, unos chicos nos traen sal, otros se acercan a jugar. Viene un hombre de unos 50 años, se llama Ramiro. Habla sobre duendes y energía. Nos invita a su casa. El camino es de tierra, no se ve nada, está todo embarrado por las lluvias. Mis zapatillas blancas cada vez están más rojas. Todo cada vez está más teñido. Debo decir que nunca pude sacar el color rojo de la tierra de Misiones de mis zapatillas,  ni de mi ropa, ni de mi corazón… La casa parece un museo de botellas y de adornos antiguos, nos atrapa su magia. Armamos las carpas adentro de la casa, porque nos dice que hay tarántulas. Ramiro duerme sobre la mesa, la cual atraviesa en forma diagonal el comedor, ya que tiene que estar orientada hacia un punto cardinal específico. Nadie se sorprende.

Al día siguiente lavamos nuestras ropas, intentando sacar el rojo que todo lo tiñe. Imposible. Charlamos mucho. Vamos a buscar unas paltas y unos pomelos del jardín. El día se pasa entre anécdotas e intercambios de experiencias. Aprendo que si uno rechaza algo que otra persona está dándole, entonces puede estar negándole la posibilidad de “dar”. A la tarde recorremos el pueblo. Conocemos a Chela, una mujer grande, que de joven era viajera y que recibe a los mochileros en su casa. Nos sentamos con ella a tomar mates y charlar en la puerta. Me desafía preguntándome si yo soy turista o maluca, le digo que soy Amneris. Toda la gente del pueblo anda dando vueltas. Los chicos esperan la hora en que abre el cyber para ir  jugar. Nuestras horas pasan entre mates y charlas junto a un altar del Gauchito Gil. Nos vamos a dormir, todos menos el Pana que se queda, disfrazado de payaso, dando vueltas por el pueblo. Más tarde desde nuestra carpa lo escuchamos llegar. Viene con una chica, escuchamos su voz.  Pero al día siguiente nos dice que no vino con nadie. No le creemos, Eze y yo habíamos escuchado claramente el saludo de la chica. Chela nos dice que la noche anterior nos había mandado a su duenda para que nos proteja. Comprendemos de donde salió la voz. Yo empiezo a creer en los duendes. Pasamos otro día charlando y comiendo pomelos. Vamos a bañarnos a la estación de servicios, ya que en lo de Ramiro no hay agua. Mientras lo espero a Ezequiel escribo en mi cuaderno. Veo a la gente bajarse de un micro de larga distancia. Tienen caras de dormidos, de cansados por un largo viaje. Apuesto a que se dirigen a Iguazú. Cargan agua para el mate, compran algo y se vuelven a subir al micro para continuar el viaje. Me da pena pensar en que seguramente no se dan cuenta que están en un pueblo mágico. Para ellos es sólo una parada en una estación de servicio, para mí un lugar donde nací otra vez. Es mi turno de ducharme. De todo mi cuerpo emana color rojo, pareciera que mi piel estuviera hecha ahora de esa tierra colorada. Más tarde Ezequiel se viste con el traje de payaso y sale junto al Pana a divertir a la gente del pueblo. Entra a un almacén, así disfrazado, todos se ríen. Él está feliz, lo sé…

Por la noche decidimos salir. Encontramos un bar donde están todos los chicos que hace tres días venimos viendo en la plaza del pueblo. Un hombre borracho nos sigue, cree que nos conoce. No nos lo podemos sacar de encima. Jugamos al pool. Nos reímos. Hay una rockola, y Ramiro pone música de The Doors.  El borracho sigue molestándonos. Hablamos con todos los chicos del bar. Me preguntan si yo también estoy viajando, dicen sorprenderse porque soy mujer. El borracho sigue molestando. Yo pienso en que mi corazón va a estallar, estar allí me da mucha felicidad. Una heladera se abre sola y se caen todas las botellas que hay en ella. Son las malas energías del borracho dice el Gody, yo le creo. Todos ayudan a limpiar. Seguimos charlando. De madrugada volvemos a la casa, el borracho nos persigue. Nos apuramos para perderlo. El Pana se retrasa. Al llegar se queja porque no lo esperamos. Está un poco borracho y nos empieza a hablar, o tal vez él no, sino alguien o algo que habita dentro de él en ese momento. Nos mira a los ojos y nos habla a cada uno como si nos conociera desde siempre, aunque hace apenas cuatro días nos cruzamos. Ramiro llora, yo lloro, Eze llora. Tal vez él no sabe lo que dice, pero cada uno de nosotros entendemos perfectamente sus palabras. Esa noche, en ese mágico pueblo de tierra colorada, nace una hermandad. Nos vamos a dormir, o tal vez quienes se van a dormir son otras personas…

Al día siguiente decidimos seguir viaje. Las despedidas con Ramiro, Chela y el pueblo son largas, y terminamos saliendo a la ruta casi de noche. Desde la estación de servicios nos hacen señas unos chicos. Nos acercamos. Es el dueño de un restaurante y sus amigos. Están algo borrachos, más bien alegres. Escuchan música brasilera, bailan y cantan. Nos dan la bienvenida, no entienden que no estamos llegando sino yéndonos. Nos siguen dando la bienvenida. Finalmente logramos explicarles y nos saludamos. Me dan ganas de ir a Brasil. Salimos a la ruta, yo no tengo fe de que nos levanten porque está anocheciendo, pero Ezequiel está contento, y sus energías positivas logran que frene un auto, en el cual viaja Andrés, es Colombiano. Nos encanta su acento. Como Ezequiel está eufórico le habla mucho, a mi me causa gracia, y no paro de reír. Llegamos al siguiente pueblo: Jardín América. Nos intercambiamos mails y nos despedimos. Vamos a la terminal, donde quedamos en encontrarnos con el Gody y el Pana. Al rato llegan ellos en un micro porque no consiguieron que los lleven. Preguntamos donde acampar, conseguimos un buen lugar en un parque. Encendemos el fuego y cocinamos. La comida está deliciosa. Descubrimos un árbol de palta, me da felicidad, y al lado otro de limones, la noche no puede ser más perfecta. Nos vamos a dormir.

El día siguiente está soleado también. Aprendo por primera vez a hacer unos puntos en macramé. Un vecino nos trae un plato de sopa y mandioca. No puedo creerlo. Cada día mi boca se enamora más de ese sabor que antes no conocía. Desarmamos las carpas y vamos hasta el centro del pueblo. En la plaza conocemos a una pareja que hace 7 años viaja por sudamérica, y ahora lo hacen también junto a su hijo de 2 años: Cirilo. Nos quedamos todo el día con nuestros nuevos compañeros quienes están vendiendo sus artesanías. Me como otro pomelo. De noche el Pana y el Gody quieren ir caminando a los Saltos de Tabay, yo no tengo ganas de caminar ya que la ruta me da miedo de noche por los autos. Vamos igual. Son 6kms, el camino se me hace más largo de lo que en verdad es. De todo el tramo sólo recuerdo negrura, y las luces de los autos acercándose de vez en cuando, y luego la espesa oscuridad otra vez. Paramos para descansar, dejando caer nuestras mochilas, justo hay un altar del Gauchito Gil. Me duelen los hombros. Hacemos un círculo para hacernos masajes. Seguimos camino. De repente Ezequiel no quiere seguir más. Y mientras caminamos comienza a buscar donde podemos parar y armar nuestra carpa. Encontramos un lugar. Los chicos nos preguntan si nos vamos a quedar ahí. Yo dirijo la mirada al lugar de donde vienen las voces, pero solo veo negro, es como si mis ojos estuvieran cerrados, pero no lo están, les respondo que nos vamos a quedar. Desde lo lejos nos saludamos, viendo solamente la espesa oscuridad, nos decimos “hasta mañana”…sin saber que nuestro tiempo juntos

Atardecer en Candelaria I

Atardecer en Candelaria I

Aterdecer en Candelaria II

Aterdecer en Candelaria II

Atardecer en Candelaria III

Atardecer en Candelaria III

Escuela

Escuela

Huerta de Ramón

Huerta de Ramón

Almuerzo en el jardín del colegio, junto a Ramón.

Almuerzo en el jardín del colegio, junto a Ramón.

Hermanos

Hermanos

Casa de Ramiro

Casa de Ramiro

Tierra colorada en Santa Ana

Tierra colorada en Santa Ana

Junto a Ramiro

Junto a Ramiro

Tierra colorada II

Tierra colorada II

Eze disfrazado de payaso, junto al Pana

Eze disfrazado de payaso, junto al Pana

Amo encontrar frutas en el camino :)

Amo encontrar frutas en el camino :)

Con Andrés

Con Andrés

En Jardín América

En Jardín América

 

12-Tierra colorada en mi cuerpo y mi corazón…

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