Nos encontrábamos en nuestra tercer noche en Güemes, luego de haber conocido en la estación de servicio a Mika (una chica inglesa que hacía dos años viajaba a dedo por Sudamérica). Aun no estábamos muy seguros de poder cruzar desde Salta hasta Misiones a dedo, pero después de las cosas sucedidas los últimos días, teníamos fé de que todo era posible. Así que con las fuerzas renovadas nos despedimos de Mika, quien se dirigía a Mendoza, y nosotros comenzamos a hablar con los camioneros que estaban en la estación de servicio. No habíamos podido ni siquiera terminar de desarmar la carpa, cuando Ezequiel viene corriendo a decirme que nos apuremos, porque había un chofer dispuesto a llevarnos hasta cerca de Metán (donde sale la ruta nacional Nº 16 que une Salta con Chaco). Desarmamos todo a las apuradas y nos subimos en el camión, manejaba un cordobés muy amable, el viaje no fue largo, pero los mates inevitablemente estuvieron presentes. Cuando bajamos en la ruta empecé a desesperarme, de repente nos encontrábamos en el medio de la nada, no había ningún pueblo en el lugar donde nos había dejado, ni se veía una casa, ni siquiera había un árbol para refugiarse del fuerte sol; además como salimos rápido no habíamos podido aprovisionarnos ni de agua ni de nada para comer, y no habíamos tampoco tenido tiempo para desayunar. Comenzamos a desesperarnos aun más cuando no veíamos ningún auto pasar. Intentamos levantar un cartel que estaba caído para ver si podíamos tener algo de sombra con él, pero fue imposible. Habrán pasado solamente 5 minutos (como mucho) cuando vemos una camioneta acercarse, levantamos el pulgar, y ¡frena!. Nos habíamos hecho tanto problema en 5 minutos porque creíamos que íbamos a estar mucho tiempo esperando ahí, que el hecho de que el primer auto que pasara frenara, fue casi como un chiste del destino, para decirnos que no teníamos que preocuparnos por cosas tontas, que nada era tan terrible. Viajamos en la caja de la camioneta alrededor de una hora, hasta Joaquín V. Gonzalez, allí lo primero que hicimos al ver un almacén, fue comprar bebida y algo de comida, que en ese entonces nos pareció un manjar: queso con pan, aceitunas y ¡hasta dulce para el postre!. Luego de descansar un buen rato, decidimos seguir rumbo, mientras guardaba las cosas de la comida, veo un camión, le hacemos seña y, ¿adivinen qué? ¡frena! ¡Otra vez, al primero que le hacíamos dedo en esta ruta! Corremos felices, y cuando nos dice que nos puede llevar hasta la capital del Chaco nuestra alegría aumenta aun más. ¡El camino que creíamos más difícil de transitar ya era prácticamente “pan comido”! El viaje duró casi todo el día, el camionero se llamaba Osvaldo. Recorrimos la monótona ruta que cruza alternadamente Santiago del Estero y el Chaco al ritmo de Leo Mattioli (entre otras cumbias) y, por suerte, también de algunos temas folklóricos que describían con sus palabras lo que nosotros veíamos por las ventanillas (recordamos a Hugo, quien nos había hecho una explicación de estas melodías pertenecientes a las provincias del Chaco y de Santiago). Por su parte, Osvaldo, mientras nos contaba su vida, nos pedía que le leyéramos los mensajes que le llegaban a los celulares (tenía uno para su mujer y otro para sus amantes), parecía una novela, dependía de cuál celular sonara que ya sabía quien le escribía, y como él estaba manejando, ¡nos dictaba lo qué teníamos que responder! Llegamos a las afueras de la capital del Chaco alrededor de las 23hs, preguntamos en la estación de policías donde podíamos acampar, y nos indicaron un camping. Caminamos unas cuadras hasta encontrarlo, pero estaba cerrado, no había ninguna carpa, y tampoco nadie nos atendió, vimos otro en el camino y preguntamos, pero nos dijeron que solo era para socios de un sindicato, así que no nos podían dejar entrar. Dimos vueltas, y no encontramos nada más, se hicieron las 12 de la noche, y decidimos armar la carpa al costado del río. A eso de las 5 de la mañana me despierna el ruido de unos “latigazos” golpeando la puerta de la carpa, acompañados por el sonido de una voz que decía algo así como “uueeiii”. No comprendía quién podía estar pegándole latigazos a la carpa, y encima mi estado de somnolencia no me ayudaba a la comprensión. Salió Ezequiel, y unos policías se presentaron (no eran latigazos como había imaginado, sino patadas), salí yo también, y nos preguntaron si estábamos pescando. Al vernos las caras de dormidos, se dieron cuenta de la ridiculez de su pregunta, les contamos que no habíamos conseguido camping, y que por eso habíamos acampado allí, sólo por esa noche. Nos dijeron que unos vecinos habían llamado diciendo que estábamos pescando y que como estaba prohibido pescar allí, por eso habían venido. En menos de 3 minutos dejaron de interrogarnos como agentes de la policía, y empezar a curiosear acerca de los lugares por dónde habíamos viajado, finalmente se despidieron deseándose buena suerte para llegar a destino. Volvimos a dormir, al rato comenzó a llover, lo cual nos mantuvo dentro de la carpa hasta casi el mediodía. Cuando cesó la lluvia, desarmamos y salimos a la ruta. Mientras estábamos haciendo dedo aparece por la ruta un auto importado, Ezequiel me dice “no le hagas dedo, ese no va a frenar”, pero yo no le hago caso, y el auto justo frena (para sacarnos también nuestros propios prejuicios). En él viaja un hombre que se autodefinía como “alcohólico y tonto”, hablando hasta por los codos nos cuenta acerca de sus negocios y propiedades, de sus mujeres y hasta filosofea de la vida en general. Nos confiesa que él hubiera querido viajar como lo estábamos haciendo nosotros, pero dice que ya era tarde para él, y que en su momento no se había animado. Entre todos sus relatos, nos cuenta que su ex-mujer le dejaba los viernes “libre” para ir al cabaret. Después de darnos un paseo por las playas (artificiales) de la capital de Corrientes, nos deja al otro lado de la ciudad para que continuemos nuestro camino. Antes de dejarnos nos pregunta si necesitamos dinero, le decimos que no, que estamos bien.

El día estaba muy caluroso, y el paseo por el río nos había dado ganas de quedarnos aunque sea un día y refrescarnos en sus aguas. Así que, luego de un rato de hacer dedo (tiempo en el cual no conseguimos auto que nos lleve, pero sí nos ofrecieron trabajo), decidimos volver unos kilómetros hasta la capital. Intentamos buscar un lugar donde quedarnos, pero no nos convenció nada de lo que nos recomendaron. Mientras averiguábamos, una mujer nos dijo que ella tenía un departamentito, que podía alquilárnoslo por 2 noches a un precio bajo. Nos dió la dirección y allí nos dirigimos. El lugar estaba bastante lejos de la costa, así que cuando llegamos ya casi anochecía. Luego de un par de idas y venidas nos llevaron hasta el lugar. Era un departamento que aun estaba en construcción, y que encima tenía todo el polvo y los materiales en el lugar. Como no teníamos otra mejor opción, aceptamos, con la ilusión de pasar sólo la noche, y al día siguiente ir a nadar al río, pero a la noche comenzó a llover, y no paró en todo el día, así que nuestros planes de playa se vieron frustrados. Encima, el departamento estaba, tan pero tan mal hecho que ¡entraba agua por todos lados! ¡nos protegía mejor de la lluvia nuestra carpa que un techo de material! El día fue largo y aburrido, en un lugar feo, sucio y que se llovía, intentamos salir a dar una vuelta bajo la lluvia, pero era domingo y encima no había nadie por las calles, o sea, era igual de aburrido. Hubiera sido un buen momento para escribir, pero sentía una especie de frustración que no me dejaba hilar ninguna palabra, ni ningún pensamiento. La música escuchada desde el celular me traía aun más melancolía…

Pero el día pasó, por fin, la noche también, y amaneció con sol, después del fiasco del día anterior, decidimos no volver a intentar ir a la playa, sino que regresamos a la ruta a seguir nuestro camino hacia Misiones. Mientras aun estábamos desayunando unos yogures, un camión, que había frenado unos metros más adelante, nos llama, y nos pregunta si queremos que nos lleve…¡ni siquiera nos habíamos dado cuenta de que había frenado! Así que corrimos, y aunque no terminamos de comprender hacia donde iba, subimos igual. El tandilense, ¡nos llevó finalmente hasta Posadas! Pero antes frenó unas horas en un arroyo, a intentar pescar, sacó dos peces, pero los devolvió porque eran chicos.

El día estaba hermoso, y por el camino nos iba hablando de las leyendas del litoral (de las cuales aseguraba que todas eran ciertas), de los insectos a los que había que tenerle cuidado, y de los animales (a cada rato nos mostraba los yacarés que había en el camino). ¡La ruta que creíamos más difícil de cruzar, cuando estábamos en Salta, había sido un juego de niños, no esperamos más de 5 minutos para que alguien frenara, y la mayoría nos llevó largos trayectos!, con lo cual (si no hubiéramos parado en Corrientes dos días) el tiempo de viaje neto fue solamente de 1 día y medio (parando a dormir en el Chaco). Luego nos contarían otros viajeros, que la ruta desde Corrientes a Misiones les había llevado una semana hacerla a dedo, cuando a nosotros nos había tomado sólo medio día. Después de la clase magistral introductoria del litoral, que nos dio el camionero, ya estábamos listos para pisar sus suelos, para mezclarnos con la tierra colorada, con las leyendas, con los duendes, con sus ríos, sus lluvias tropicales y su gente…

Pescando con el camionero

Pescando con el camionero

Bienvenidos a la “mágica” tierra colorada…debería decir el cartel.

Bienvenidos a la “mágica” tierra colorada…debería decir el cartel.

10-No voy en tren, voy en camión…(haciendo dedo desde Salta a Misiones)
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