El viaje de vuelta a Copacabana lo hicimos en uno de los barcos turísticos (a diferencia del de ida que habíamos ido en uno de carga). Estaba lleno de extranjeros, la mayoría empapados y vistiendo algún tipo de poncho impermeable, ya que llovía bastante. El dramamine (que suelo tomar porque me mareo en los barcos) no me dejaba mantenerme despierta, y entre sueños veía a la chica que viajaba a mi lado escribir en su diario de viajes, en cada abrir y cerrar de ojos cambiaban las fechas, hasta los años, y los continentes del diario…¿cuánto hará que está viajando esta chica? pensaba para mis adentros, y me volvía a dormir con una sonrisa…Ver pasar todas esas palabras escritas en diversas partes del mundo me daba una especie de paz y felicidad…

Al llegar a Copacabana comenzamos a buscar hostel (se ve que los bajos precios nos “aburguesaron” un poco, porque la carpa está “durmiendo” desde que pisamos tierra boliviana). Luego de averiguar en varios lugares logramos conseguir uno en la calle del centro que tenía el precio más barato. En el mismo momento en que volvimos a entrar al hostel, decididos a quedarnos ahí, entra también otra pareja de mochileros, y en menos de 2 metros de caminar juntos nos dimos cuenta de que eran argentinos, y sin haber siquiera hablado antes entre nosotros, a coro, los 4 le decimos al encargado del hostel que venimos juntos y que nos dé una habitación para los 4 (sabemos que en Bolivia es común regatear los precios, y que siendo más personas en la misma habitación, nos iba a salir más económico). Sin embargo, fue todo tan espontáneo, que aun me sorprende, como 4 desconocidos pueden ponerse de  acuerdo sin siquiera hablar.

Están viajando hace un mes por Bolivia y quieren llegar hasta Colombia. Él es violinista, y tiene que irse rápido a La Paz a buscar un estuche que encargó. Ella hace artesanías en macramé, y se queda lavando la ropa mientras nosotros salimos a buscar algo para comer.

Encontramos muchos puestos de venta de comida, pero en la mayoría no nos quieren vender, algunos no nos responden y hasta llegan a decirnos que no tienen más mercadería, pero a la persona que viene detrás nuestro sí le venden. No comprendo su postura, ¿porqué no aprovechar y tener una venta más en el día? ¿porqué no compartir con la gente de otro lugar? No comprendo, me da tristeza, pero acepto que así sea. En la Isla del Sol nos había pasado algo similar, nosotros queríamos comprar unas frutas y verduras, pero no pudimos conseguirlas, en la mayoría de lugares en los que se vendía “a los turistas” toda la mercadería era envasada: galletitas, gaseosas, incluso la mayoría de marcas extranjeras…Me entristecía pensar que no aprovechaban esas increíbles tierras para hacer plantaciones (ya que estaban preparadas en terrazas desde la época de los Incas), y que en vez de vender mercadería hecha en el extranjero, podrían estar vendiendo productos hechos con sus propias manos, y sacados de esas mismas tierras…Me quedó la sensación que, en Bolivia, la “rebelión” contra el capitalismo termina siendo más bien un ataque, o una indiferencia contra la gente que viaja desde otros países que contra los grandes mercados…

A posteriori de conseguir algo para almorzar comenzamos a recorrer la cuidad. Luego de un rato de caminar bordeando el lago encontramos una casilla, y nos acercamos al señor que está en la puerta, después de una conversación que poco entendimos acerca de unos familiares suyos que habían ido a vivir a Argentina, el señor se mete de nuevo en su casa, no sin antes decirnos que tengamos cuidado porque “algo iba a explotar”. Como la conversación en general había sido confusa no le prestamos demasiada atención, pero de repente del tacho de basura en el que acababa de dejar su bolsa, sale una explosión. Pegamos un salto, y el hombre nuevamente sale de la casa, y vuelve a meter otra bolsa de basura. Asombrados ante el peculiar ritual de hacer explotar la basura, decidimos continuar camino. En la playa nos quedamos viendo el atardecer, y yo aprovecho para perderme en la costa y sacar algunas fotos. Mientras tanto Ezequiel se pone a hablar con un chico que está solo sentado en la arena. Se llamaba William, y está a cargo de unos juegos en forma de cisnes para pedalear en el lago. Su tío lo había dejado a cargo porque había tenido que viajar. Tiene unos 9 años, y nos contó que sus papás habían fallecido, y él estaba a cargo de sus hermanitos más pequeños. Nos quedamos el resto de la tarde hablando con él y jugando un rato a la pelota. Cuando se hizo de noche, lo acompañamos unas cuadras camino a su casa y al despedimos me fue inevitable no querer abrazarlo con fuerza.

Los cisnes de William

Los cisnes de William

Por ahí…

Por ahí…

Cuando volvimos al hostel, nuestra habitación parecía un conventillo. Nuestra compañera de cuarto había cruzado sogas a través de él colgando toda su ropa para que se seque. Lejos de molestarme me causó gracia el hecho de que para llegar a la cama tenía que sortear varios obstáculos. Mientras estábamos cenando unas empanadas gigantes de color naranja rellenas de queso, llegó nuestra compañera. Había venido corriendo, estaba agitada, y nerviosa. Comienza a contarnos que mientras estaba en la plaza vendiendo sus artesanías, había aparecido la policía y le había pedido los documentos. Ella se los dio, pero se los devolvieron con un sello que decía que tenía que dejar el país al día siguiente. Comenzamos a tratar tranquilizarla y a intentar buscar soluciones, ya que su novio aun estaba en La Paz y no venía sino hasta el día siguiente a la tarde. Mientras veíamos el sello que la policía le había puesto, comenzamos a darnos cuenta que ese papel amarillo, nosotros no lo teníamos, a nosotros nos habían dado otro, uno solo. Empezamos a revisar todo, y ahí comencé a ponerme nerviosa yo también, cuando nos dimos cuenta que nosotros solamente habíamos hecho el trámite de salida de Argentina, pero nadie nos dijo que teníamos que ir a una segunda ventanilla y hacer el trámite de entrada en Bolivia, y como nunca antes nosotros habíamos cruzado una frontera caminando, no conocíamos los pasos a seguir… con lo cual estábamos en el país sin visa, ¡de forma ilegal! Ahora no sabíamos quién estaba en peor situación, ¡si ella con la visa sellada o nosotros que ni siquiera la teníamos! Nos reímos un rato (de los nervios), y luego nos acostamos. La conversación se extendió hasta tarde, hablamos sobre los viajes que planeábamos cada uno, sobre trabajos, sobre diferencias culturales, ella nos dio muchos datos para ir  a conocer otras ciudades de Bolivia, y de la vida en general. A mi se me figuraba a una charla con amigos de la infancia, en la que antes de dormir, y quizá por el hecho de estar recostados en la cama (tal vez a modo de diván), la conversación se extiende hasta terrenos diferentes: de intimidad, de ensoñación…No pude retener en mi mente el nombre de nuestra compañera, pero sé que su amistad fue tan fugaz, como eterna…Esa noche no dormí bien, los intentos de “estrategias” que rondaban en mi mente para solucionar nuestro problema de “ilegalidad”, me despertaban a cada rato.

Conventillo en la habitación

Conventillo en la habitación

Al día siguiente, y con la luz del sol, las cosas se veían más simples, y no parecía tan importante no tener ese “papel amarillo”, decidimos ir a Coroico, ya que como estábamos un poco desalentados por el trato que habíamos tenido de la gente de Bolivia, nuestra compañera nos había recomendado ir a ese pueblo de selva, ya que sus habitantes (según nos había dicho) nos iban a tratar de otra manera. Antes de tomar el micro nos acercamos a una comisaría, con la idea de declarar que habíamos perdido la visa, y de que nos dieran una constancia de nuestra declaración. Pero los policías no sabían de qué le estábamos hablando, y aunque intentamos mostrarles que solamente teníamos la salida de Argentina, pero no la entrada a su país, solo logramos que nos aconsejen ir hasta un puesto fronterizo a averiguar qué teníamos que hacer. Como ya habíamos decidido volver a Argentina, porque un amigo de Ezequiel, que hacía varios años no veía, iba a venir a visitarlo, preferimos seguir nuestro camino de regreso, y directamente cruzar la frontera en Villazón, pero no sin antes pasar por Coroico, que quedaba medianamente de paso. Así que desde Copacabana nos tomamos dos micros. Unos días atrás, cuando hacíamos parte del recorrido en dirección contraria, había visto como todos los que viajaban en el micro se asombraban de la vista de la ciudad de La Paz desde lo alto, sin embargo, a mi no me había parecido algo sorprendente, y siendo que en aquel momento estábamos un poco “enojados” por la primer impresión que nos había causado el país hermano, no habíamos ni siquiera sacado una foto. Ahora, al volver, tanto a Eze como yo no podíamos dejar de asombrarnos, todas esas casitas sin revocar que cubren las montañas, eran realmente llamativas, y nos arrebatamos contra la ventanilla. Me fascinó el hecho de sentir como la perspectiva de lo que uno ve puede cambiar en sólo unos días.

La Paz

La Paz

Las paredes están sin revocar porque así figuran como en contrsucción y pagan menos impuestos

Las paredes están sin revocar porque así figuran como en contrsucción y pagan menos impuestos

Desde La Paz tomamos otro micro, transitando lo que luego supimos se llamaba “el camino de la muerte”, ya que dicen es el camino más peligroso del mundo, (si hubiera sabido estos datos antes de ir, créanme, no hubiera ido) pero por suerte no lo sabía, y el miedo no apareció, sino hasta que ya estaba transitándolo. La verdad es que el nombre no exageraba, ya que bordeando la montaña, con un precipicio a nuestro lado, el micro avanzaba entremedio de las nubes, y encima a altas velocidades…por momentos a través de la ventanilla se veía todo blanco, lejos de ponerme contenta por estar entremedio de las nubes comencé a rezar; cuando encima empezó a oscurecer, tuve que cerrar los ojos e intentar olvidar donde me encontraba (aunque el inconfundible olor a coca característico de todo Bolivia, me lo hizo imposible). Luego del sufrido viaje llegamos, por suerte, sanos y salvos. Nos acostamos temprano.

Al día siguiente estuvimos todo el día caminando, fueron unos 6kms de ida más otros de vuelta, hasta unas cascadas. El lugar estaba inundado de frutas, de los colores de la yunga, del sonido del agua cayendo, y del olor a fresco…Sin embargo las cascadas no nos llamaron demasiado la atención, y el dolor de panza que tengo desde el día anterior, comienza a ser insoportable. Al volver al pueblo, al caer la noche, nos encontramos con unas chicas chilenas que habíamos conocido en la Isla del Sol, quienes nos convencen para ir a un comedor, que tenía unos precios muy económicos. Todo muy rico, pero después de tantos días de comidas frituras mi estómago dijo “basta”, y me pasé toda la noche yendo de la habitación al baño, vomitando absolutamente todo… bueno, al fin y al cabo dicen que siempre que uno se va de viaje algún día termina vomitando, y Bolivia, con sus comidas fritas, sus caminos de curvas, y el olor a coca que ronda en el ambiente es sumamente propicio para que uno termine así.

Cascadita

Cascadita

Me llamó la atención la extrema pequeñez de este pueblo

Me llamó la atención la extrema pequeñez de este pueblo

“Ladrón sorprendido será quemado vivo, estamos hartos ¡CARAJO!”

“Ladrón sorprendido será quemado vivo, estamos hartos ¡CARAJO!”

Cerca de Coroico hay una comunidad afro-boliviana, llamada Tocaña, nos habían dicho que preguntáramos por un tal señor “Pulga” que recibía a los viajeros. Nuestra idea era ir para allá, pero mi deplorable estado y el hecho de que teníamos que seguir volviendo hicieron que finalmente no fuéramos. Sin embargo, en nuestro último día en el pueblo, la plaza que estaba frente al hostel se llenó de gente con inconfundibles características africanas, entre ellos vemos a un hombre blanco, vestido con unas camisas de colores, Ezequiel me dice “te apuesto que ese es el Pulga”, nos acercamos, y sí había acertado. Me causó mucha gracia pensar que entre toda la gente del pueblo podíamos distinguir a alguien solamente por su sobrenombre, y porque los colores en su camisa eran llamativos.

Salimos temprano, ya que no queríamos volver a cruzar el camino de noche, y aunque estaba más despejado, el viaje lo sufrí igualmente, ya que mi estómago seguía revuelto. Llegamos a La Paz con lluvia. Buscamos el hostel que nos habían recomendado y nos acobachamos entre sus paredes. Teníamos internet en el lugar, así que después de más de un mes sin conectarme me la pasé leyendo mails, y saludos para mi cumpleaños que había pasado hacía ya bastante. Mientras, en el sillón de al lado, había dos chicos orientales (Chinos, Japonses, Coreanos, no se…), que se la pasaban hablando en su idioma, frente a una botella de vino, se reían, luego hablaban seriamente, no se que dirían, pero me moría de la intriga, estuvieron así toda la tarde.

Al día siguiente decidimos ir a la conocida feria en El Alto, la ciudad se encuentra dentro del departamento de La Paz,  pero a unos 4.070 msnm, siendo la segunda ciudad a maypr altitud del mundo. La feria es conocida entre los mochileros por sus precios sumamente baratos, los cuales les permiten a los viajeros comprar mercadería e ir vendiéndola en otros países a precios mucho mayores. La feria es realmente inmensa, venden desde verduras hasta autos nuevos, y entremedio pasando por absolutamente todo: ropa, instrumentos musicales, herramientas, mascotas ¡hasta había un puesto para sacarse las verrugas! Imposible no perderse, incluso leyendo los nombres de las calles no pudimos volver a los puestos en los que nos había interesado algo. Y, obviamente, allí es costumbre regatear los precios. El regateo es algo que en verdad, personalmente, no me gusta, porque siento que se parte de un “aprovechamiento” de ambas partes, por un lado el que vende intenta “estafar” al comprador diciéndole un precio más alto, y luego el comprador se aprovecha de la necesidad del otro, y termina pagando siempre menos de lo que hubiera pagado en otro lugar...Fue desgastante recorrer la feria, y más que comprar cosas, nosotros probamos comidas extrañas: jugos en bolsa, yogurts que no van en la heladera, y esas cosas que a uno le llaman la atención cuando va a otros países…

Finalmente luego de unos días en La Paz, volvimos a  tomar un micro hasta Villazón (frontera con Argentina), el cual, incluso en la misma empresa con la que habíamos ido, el pasaje costaba más del doble, su excusa era que había mayor demanda para viajar desde La Paz, no se mucho de economía, pero tenía entendido que a mayor demanda los precios eran más bajos, se ve que en las compañías de micro de esa ciudad tampoco lo saben y hacen sus propias reglas económicas: para que entres al país te cobran barato, pero claro, para salir de él te cobran el doble…y una vez que ya estás allí no tenés muchas más opciones (bueno, si podíamos haber hecho dedo, como en Argentina, pero ya dije que no se porqué en Bolivia nos “olvidamos” de él).

Después de unas 26hs de viaje llegamos a Villazón, y los nervios volvieron a aparecer cuando comenzamos a hacer la interminable fila para cruzar la frontera. Un señor pasaba chequeando la documentación que luego teníamos que presentar en la ventanilla, y a todos les preguntaba por ese “maldito papel amarillo”. Los nervios aumentaron más cuando nos dijeron que teníamos que pagar 300bs cada uno si no lo teníamos. Toda la gente de alrededor comenzó a intentar ayudarnos, a darnos ideas de cómo hacer, a intentar persuadir al guarda para que no nos cobre…Finalmente dejé mi mochila con Ezequiel y crucé la frontera (ya que si no tenés equipaje se puede cruzar sin hacer ningún trámite), me acerqué a la ventanilla del lado argentino, y me dijeron que no era obligación pasar por la salida de Bolivia. Pero los guardas iban a frenarme si nos veían, así ideamos un plan con la mujer que estaba haciendo la fila delante nuestro, y pudimos pasar escondidos mientras ella hacía su trámite. Sin más problemas, luego de haber cruzado esa línea imaginaria, que lo único que dividía eran dos oficinas dentro de un mismo establecimiento, ya podíamos respirar en paz, nos chequearon el equipaje, y sin más volvimos a entrar a nuestro país…

Bolivia me dejó una sensación extraña, una mezcla de amor-odio, de paz e intranquilidad, de belleza y fealdad…un lugar al que sin lugar a duda espero poder volver alguna vez, y me encantaría poder hacerlo teniendo un contacto más cercano con su gente…

8-Bolivia (o 10 días ilegales) parte 2
Tagged on:                         

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *

You may use these HTML tags and attributes: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <s> <strike> <strong>